Entrando en la era postdigital: cuando lo digital ha dejado de ser revolucionario y toca hacernos preguntas

Entrando en la era postdigital: cuando lo digital ha dejado de ser revolucionario y toca hacernos preguntas

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"Ayer era inteligente, por lo que quería cambiar el mundo. Hoy soy sabio, por lo que me quiero cambiar a mi mismo." Rumi

Si pensamos en tiempos universales, hace dos días éramos una especie más entre la enorme diversidad de un pequeño planeta, orbitando alrededor de una estrella cualquiera, dentro de una galaxia nada particular. Nuestra importancia dentro de ese planeta nunca fue significativa, ni en términos numéricos ni cualitativos. Un pequeño grupo de erguidos cazadores-recolectores cooperando en pequeñas tribus para sobrevivir, deambulando por vastas extensiones de terreno en busca de algún animal que cazar y algunas bayas y hongos que recolectar.

Desde que aquella realidad, ahora casi inimaginable, era palpable y podíamos sentirla en nuestras propias carnes, muchas cosas han pasado. A un ritmo rápido y en constante aceleración se han sucedido las revoluciones que nos han traído hasta aquí.

Según Harari, quien muestra una foto de la historia de manera extremadamente didáctica en su libro Sapiens, han sido tres los cambios de paradigma que han marcado la historia de nuestra especie y que nos han llevado a pasar de ser una especie con escasa capacidad de influir en el ecosistema que la sostiene a semidioses con las herramientas necesarias para alterar el curso del planeta Tierra e incluso de la propia naturaleza humana: La revolución cognitiva, hace 70.000 años, la agrícola, hace 12.000 y la científica, hace tan sólo cinco siglos. Primero, inventamos los mitos e historias para cooperar en grandes grupos de desconocidos, después creamos asentamientos con la intención de facilitar nuestra supervivencia y reproducción y finalmente nos lanzamos a explorar nuestro mundo físico para intentar comprenderlo y ponerlo a nuestro servicio, queríamos moldear el entorno a nuestro antojo para lograr un mayor bienestar.

Los últimos 50 años han sido la expresión máxima de ese deseo, impulsados por la revolución digital como última manifestación de la revolución científica, increíbles descubrimientos e inventos nos han permitido, a un porcentaje significativo de la población, lograr un bienestar material casi inimaginable hace unas pocas generaciones. Piensa en la comodidad de tu casa, en la gran cantidad de alimentos disponibles en todo momento en el supermercado de la esquina, en tus esperanzas de vida superiores a las de cualquier humano en cualquier momento de la historia, en las infinitas opciones de ocio y diversión y en la facilidad con la que puedes acceder prácticamente a todo el conocimiento universal. Piensa que hoy hay más posibilidades de que cometas la locura de matarte a ti mismo, de que mueras como consecuencia de un acto de violencia.

Sin embargo, esa búsqueda incesante de bienestar sólo nos ha traído resultados en el plano material, porque a pesar de no tener pruebas de ello más allá de mis observaciones, estoy convencido que no hemos logrado ser más felices, ni alcanzar una mayor armonía con los demás y con nuestro entorno.

Nos creemos que hemos alcanzado el culmen de la inteligencia humana cuando hablamos de revolución digital, inteligencia artificial, realidad extendida o computación cuántica y ciertamente es maravilloso observar la sofisticación técnica que hemos alcanzado, la infinita curiosidad que nos lleva a hacernos preguntas y explorar cuestiones que nos importan y la persistencia y coraje con que podemos perseguir un objetivo. Sin embargo, si no cultivamos una inteligencia más profunda que la puramente racional y si no tenemos claro el porqué de desarrollar y utilizar estas tecnologías, es seguro que no nos llevarán a ninguna parte (a ninguna parte buena), seguiremos recreando los mismos resultados que nadie quiere: destrucción de nuestro hábitat, desigualdad, infelicidad, aislamiento, desconexión...

Desde hace unos años, los términos revolución digital o cuarta revolución industrial vienen repitiéndose cada vez más, y en boca de más personas, desde la costa oeste Norteamericana hasta India, China o países emergentes de África, y promulgándose por exitosos individuos, gobiernos y otros foros de la sociedad, como la mejor solución a todos los viejos problemas. No existe en ningún auto-proclamado país "desarrollado", una empresa de mediano o gran tamaño que no se esté planteando o se haya planteado una "transformación digital" o un gobierno que no la haya mencionado en su discurso, sin saber muy bien ni que significa, ni por qué debería emprenderse, ni por qué uno debería involucrarse.

Posiblemente, el motivo por el que tantas personas y organizaciones se han sumado a esta "revolución" sea una mezcla entre el miedo a quedarse atrás y a resultar irrelevantes y una sobredosis de mensajes vacíos de contenido pero muy impactantes, provenientes de nuestros amigos de Silicon Valley y difundidos orgullosamente por medios, "gurús" y otros divulgadores poco reflexivos. Hemos llegado a asumir que innovar era una única cosa y que siguiendo los pasos y métodos de aquellos que han logrado el éxito (según su propia definición) y han liderado grandes cambios, precisamente por hacer lo que nadie hacia, replicaremos dichos resultados.

No quisiera ser mal interpretado y que pareciera que estoy denostando o menospreciado a tanta gente con talento, ilusión y curiosidad, que tienen la buena intención de "mejorar el mundo", ni a toda esa gente que siendo realmente honestos y auténticos creyeron que esta revolución era la solución final. Lo que digo, y repito, es que hemos alcanzado el máximo de nivel de bienestar material de la historia y somos menos felices que nunca y que si no sabemos el por qué y para qué de lo que hacemos continuaremos recreando los mismos resultados que nadie quiere.

Desde mi punto de vista, lo digital y la capacidad de desarrollar e implementar tecnologías exponenciales ya no es revolucionario y por tanto estamos ante una nueva era que empieza a emerger. Parece que este camino no nos está trayendo muy buenos resultados a escala planetaria y profundizar en él, si acaso, sólo nos permitirá seguir unos años más disfrutando del nivel de bienestar actual. Observo que siguiendo este rumbo no vamos camino de encontrar grandes respuestas.

Percibo, que en este momento de grandes cambios, de gran agitación en todas las esferas de nuestras vidas, estamos perdidos y vamos sin rumbo, tanto como individuos como colectivamente. En este momento de transición desde el paradigma en que vivíamos al nuevo que está por llegar, en este momento de gran agitación y cambios sistémicos masivos, es más importante que nunca recuperar la capacidad de contemplación, reflexión y pensamiento crítico, es más importante que nunca encontrar el camino propio para después ponernos de acuerdo colectivamente y empezar a colaborar por un futuro mejor.

No cometería el error de imponer, desde mi humilde experiencia, una serie de pautas sobre cómo se deberían hacer las cosas, cómo sería el sistema ideal o qué debería hacer cada individuo. Pero si me parece importante proponer un diálogo y una reflexión en base a los descubrimientos que he ido haciendo y dejar a la elección de cada uno si entrar o no al mismo, si concordar o discordar con mi perspectiva.

Estas son algunas de las verdades que vengo experimentando:

  • Todos tenemos un porqué y por tanto el sistema interconectado al que pertenecemos debe tenerlo. Superando algunos miedos iniciales y creencias asumidas, es divertido explorarlo.

  • Todos tenemos un talento con el que "servir al mundo", encontrarlo y practicarlo te hace más feliz y cosas sorprendentes empiezan a ocurrir.

  • Cuando alineamos nuestro porqué y nuestro talento con otros porqués y talentos creamos movimientos transformadores.

  • Si el porqué colectivo surge de la reflexión, la honestidad total y la búsqueda de verdad frente al miedo, el impacto de ese movimiento es positivo.

  • La inteligencia racional es sólo una herramienta más de una inteligencia mayor o circular, acceder a ella nos puede dar respuestas.

  • Tras la revolución digital, serán las cualidades verdaderamente humanas (conciencia de uno mismo y del mundo, imaginación, creatividad, reflexión, contemplación, cooperación...) las que impulsarán la siguiente gran revolución.

Creo que llegado el fin de era, cuando lo digital ha dejado de ser revolucionario y ya se da por hecho, toca hacernos preguntas -como individuos y como colectivo: organizaciones, estados y especie-, empezar a mirar más hacia dentro y menos hacia fuera, buscar verdades y empezar por cambiarnos a nosotros mismos antes de intentar cambiar el mundo, quizás así seamos más felices, vivamos mejor y encontremos una mayor armonía con nosotros mismos, con los demás y con el planeta.